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Extensión
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1 foja
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Resumen
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Salazar Toledano abre el debate sobre la sucesión presidencial al mencionar a posibles precandidatos del PRI. Este futurismo político, antes reservado a los círculos de poder, ahora involucra a la opinión pública y a los medios, reflejando un creciente interés ciudadano en el proceso..
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Tipo
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Artículo periodístico
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Clasificación
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UAMC.MAGC.01
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Sububicacion
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Sobre
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Texto completo
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POR MIGUEL ANGEL GRANADOS CHAPA
El domingo 12 de octubre, el abogado
Humberto Lugo Gil asistió en Tulancingo
al sepelio de su antiguo amigo Fernando de
la Peña, que hace dos años iba a ser candidato a alcalde de esa ciudad, la segunda en
importancia en Hidalgo, y causa de la enfermedad que ahora lo mató debió declinar
la postulación . Lugo Gil estaba demacrado,
no se sabe si por el pesar de haber perdido a
un amigo cercano, o por el percance más
gravoso que ha sufrido en su vida política,
que consiste en haber perdido, una vez más,
la oportunidad, que él mismo y muchas
personas consideran que había ganado, de
gobernar a los hidalguenses.
En vez de él, lo hará su primo, Adolfo
Lugo Verduzco. Ambos protagonizan el
viejo refrán según el cual unos corren tras la
liebre y otros sin correr la alcanzan. Más
todavía: para acentuar esa paradoja que no se agota en una diferencia de
fortuna política entre parientes, sino que tiene repercusiones para una colectividad de cientos de miles de personas, Lugo Verduzco no sólo no corría tras
la liebre de la gubernatura, sino qu~ se afanaba tras otra y ahora descubre
que le han dado gato en vez de la velocísima bestezuela en pos de la cual se
apresuraba.
Sin que importara para nada el destino de los .hidalguenses; disponiendo
de la suerte de una entidad como si fuera cosa propia o, peor aún, cosa inexistente, quienes deciden -el Presidente de la República, centralmentequién gobierna en las entidades resolvieron dirimir una cuestión política nacional a costa de los sufridos habitantes de Hidalgo, acostumbrados a ver
entrar y salir gobernadores según conviene al interés de grupos y personas, y
nunca el suyo propio.
Así, el gobernador Javier Rojo Gómez no concluyó el periodo para el
que había sido elegido, porque en diciembre de 1940 el presidente Avila Camacho estimó pertinente dar a un cardenista el gobierno de la ciudad de México y lo hizo jefe del Departamento Central. En 1951, un desconocido en la
política local, Quintín Rueda Villagrán, llegó a la gubernatura por tales azares que se hizo célebre la anécdota en que alguien confundía la oriundez con
la vecindad y dispuso que el gobernador fuera ese y no otro recordando que
era de Hidalgo, pero de la avenida de ese nombre, a un costado de la Alameda Central. En 1959, el general Alfonso Corona del Rosal, que apenas
cumplía año y medio en la gubernatura, prefirió venir a ser presidente del
PRI lopezmateista. Algo semejante hizo el profesor Manuel Sánchez Vite:.
había sido elegido gobernador en 1969, y en diciembre de 1970 trocó esa posición por la presidencia del PRI, de donde volvió fracasado en febrero de
1~72. Tuvo las agallas y, presuntamente, la habilidad para imponer como su
candidato, en 1974, al doctor Otoniel Miranda, pero el presidente
Echeverría y el secretario de gobernación Moya Palencia le enseñaron poco
después quién manda en verdad en esos casos, derrocando al gobernador impuesto menos de un mes después de su toma de posesión.
El abogado Jorge Rojo Lugo dio también la espalda a la gubernatura,
que había ganado en 1975, cuando al año siguiente su amigo José López Portillo al ascender a la Presidencia lo hizo secretario de la Reforma Agraria, y
retornó a aquel cargo que el voto de sus paisanos le había conferido -bueno,
de alguna manera hay que deci,rlo, ¿no?- cuando mudaron en su contra los
favores presidenciales.
Ahora, una vez más, como si los ciudadanos hidalguenses no merecieran
respeto, se les pone frente a un hecho cuyo origen les es ajeno: las contradic!J
ciones internas en el equipo presidencial, las necesidades impuestas por la sucesión de 1987 o el capricho de un amigo satisfecho por otro. No ha contado
su voluntad ni siquiera para retener a gobernadores que presuntamente
habían elegido: ¿cómo iba a contar su opinión para designar a un precandidato?
Barruntamos en este mismo lugar, hace una semana, la posible dimisión
de Lugo Verduzco a la presidencia nacional priísta. Era conjeturable que asi
ocurriera porque la decisión sobre la gubernatura de Hidalgo se había demorado, excediendo los plazos que normalmente se cumplen en septiembre.
Empezaba a olerse que factores ajenos a los propios de la política local estaban agregándose a aquellos, complicando la resolución, y vinculándola a
juegos de mayor alcance. Así vino a comprobarse, como habíamos imaginado, el martes 7.
La oposición en Hidalgo es débil, de tal manera que a causa del control
tradicional que los aparatos de sometimiento son capaces de ejercer en la en:
tidad, lo que se haga para contrarrestar la designación de Lugo Verduzco
desde la perspectiva de los ciudadanos está condenado a fracasar. Será, por
lo tanto, el gobernador de Hidalgo en sustitución deLarquitecto Guillermo
·
Rossell de la Lama. Cartucheras al cañón, quepan o no quepan.
A la vista de tal situación, lo que pueden y deben esperar los hidalguenses es que el candidato cobre conciencia de las peculiares condiciones en que
ha sido designado y procure ganarse el asentimiento que a pesar de las multitudinarias concentraciones organizadas en su favor sabe que no tiene. Lugo
Verduzco es una persona con dotes personales notables. No es su ineptitud lo
que en estas páginas reprochamos. Al contrario, nos queda claro que sus tareas administrativas han sido realizadas con los niveles de competencia que
son esperables en una persona que se entrenó concienzudamente para ellas.
Lo que nos parece injusto para los hidalguenses es que les resulte gobernador
a contrapelo de las necesidades propias de los habitantes de esa~ entidad. Por
eso, sin embargo, es posible que pueda remontar tal situación, si resulta sensible a la expresión de las necesidades a que deberá enfrentarse.
Hizo referencia a una, principalísima, en el primer discurso de su precampaña. Se trata de la inequidad prevaleciente en el estado, que en casi todos los indicadores de la calidad de la vida está por debajo de los promedios
nacionales, que son de suyo precarios. No es esperable que su gobierno, en el
breve lapso de un sexenio, revierta una tendencia consolidada durante siglos,
pero sí pudiera esperarse que se esfuerce al menos por impedir que la brecha
entre los miserables y los pudientes se ahonde más. Y puede evitar también
que sean los prósperos los que tomen a su cargo la administración estatal para beneficiarse a sí mismos antes que al resto de la colectividad.
También puede esperarse que el nuevo gobernador cobre conciencia del
peligro, al que nos hemos referido en estas páginas con ánimo pertinaz,
representado por la confluencia de varios poderes en la persona de Gerardo
Sosa, que actua como verdadero rector de la Universidad hidalguense y
había anunciado, según lo reportó La Jornada que, independientemente de
quién fuera el candidato, éste debería recurrir a él para organizar su campana. Una indicación de la clase de gobierno que hará Lugo Verduzco, a la que
los hidalguenses serán en extremo sensibles, será comprobar si se cumple o no
esa balandronada. Si la aseveración resulta verdadera, se cumplirá el vaticinio que augura un gobierno débil, debido al escaso conocimiento de la situación política local que aqueja al candidato. Si la afirmación falla, acaso
se esté en la antesala de decisiones que quiebren un cacicazgo que de prosperar romperá la institucionalidad que ha de ser sostenida.
No es ese, naturalmente, el principal problema de la entidad. Hay otros
que hunden sus raíces en el tiempo y que agravian la vida de, por ejemplo,
miles de campesinos sujetos a una existencia infrahumana. Pero si un gobierno ha de estar en condiciones de enfrentar los problemas que la historia ha
implantado, debe primero ser eso, un gobierno, y no un juguete sujeto a los
vaivenes impulsados por el hampa.
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